A Ximena Alexia.
El Negro dijo que nunca había contado de la vez que viajó a Frías justo el día que nevaba. Estábamos en un barcito cerca del río, refrescándonos, un mozo había traído unas cervezas, de cuando en cuando del sur brotaba una brisa fresca y se estaba bien en ese lugar, a pesar de las sillas de lona, en las que se hace muy difícil apuntar la espalda con tranquilidad.
Era una buena sombrita, de las pocas en cien metros a la redonda. Bajo un eucalipto vecino, unas chicas también tomaban algo. El Gordo había advertido que nos miraban, por eso estábamos atentos para ver si era cierto. En cinco minutos que llevábamos observando disimuladamente no había pasado nada, pero no perdíamos las esperanzas.
Por la costanera, la tarde pasaba mansa y serena, algún camión cargado con alfa se bamboleaba más por el efecto de la mala suspensión que por otra cosa, un Balut negro pasó rumbo a la terminal y por la ventanilla adiviné la cara de un jujeñito volviendo al pago después de larga ausencia, igual que la calandria, pensé para mis adentros mientras me reía mentalmente de mi propio mal chiste.
Al rato, sin querer, una de las chicas miró para el lado de nosotros: hubo una exclamación de satisfacción. Señoras y señores, dijo el Gordo, estos ojos redondos han descubierto la verdad de la milanesa, ¿y saben cuál es?, que aquellas hermosas mujeres están deseando que les hagamos compañía y conversemos con ellas. Pero nadie levantó. Además, ya nos habíamos dado cuenta de que la chica miró por casualidad, como cualquiera puede mirar para cualquier parte. No era para tanto tampoco.
Habíamos trabajado todo el día, lidiando con la mampostería aquella. Al final de la jornada cada uno quería pegarse una buena refrescada y descansar tranquilo. No había muchos comentarios que hacer porque ninguno era muy locuaz y porque nos veíamos todo los días desde que conseguimos ese trabajo. Ya habíamos conversado lo que teníamos que conversar. Esa tarde sólo queríamos silencio y frescor, nada más.
Cuando el Negro insistió en que contaría de la vez que anduvo por Frías, justo cuando nevaba, le dijimos que lo dejara para otra vez. Estamos bien, no nos interrumpas, lo cortamos.
Allá lejos pasó volando una garza.
Las chicas pidieron la cuenta para irse.
Tinquiando pocotos. En Sol de Mayo.
Recuerdo del futuro
Quisiera, uno de estos días, dejar de pensar en forma de palabras, frases, oraciones. ¿Se puede pensar por pensar nomás.
Simón de Ponferrada

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