11 de enero de 2012

Familia

A nadie, de pura rabia nomás.

Vos nunca vas a saber lo que es redactar una nota solamente para cobrar a fin de mes. Escribes porque te sientes hastiada de ser esposa fiel y madre generosa. Crees que la creación de novelas, cuentos, poesías y si te da el cuero, hasta un ensayo, es un lujo que te vas a dar en la vejez, cuando tengas del todo calmado el sueño que un día te propusiste, conseguir cosas, -cosas, cosas- que algún día te van a permitir vivir tranquila y reposada, pensando solamente en el viaje de fin de año a Cancún. (Brasil, uno de los países más interesantes del mundo y vos lo desaprovechas yendo a la playa a ver qué otro santiagueño encuentras, en vez de visitar sus museos, conversar con su gente a ver qué piensa, y qué tienes, además de turismo de verano, pareo y cocos).
La palabra “esnob” tiene un origen que ilumina su sentido. En una época en Inglaterra, comenzaron a recibirse en sus universidades no solamente los hijos de los nobles sino también los de grandes comerciantes, usureros, burgueses, en una palabra. Para distinguirlos, se les impuso la obligación de añadir a su título, la frase “sine nobilitate”, es decir, sin nobleza. Abreviado quedaba “s.nob”. Quedaban ridículos estos “esnobs” queriendo copiar modas de los duques, condes y marqueses. Poné “esnob” en la computadora, dale con la tecla de la derecha y te va a salir como sinónimo “petimetre”, “exótico”, “gomoso” (¡jáh!, qué bien), “figurín”, “lechuguino”, “relamido”, ”moderno” y “mojigato”.
Jamás vas a sentir el hambre golpeando la puerta de tu casa y tu familia mirándote a ver qué haces, y vos corriendo a la máquina porque justo en ese momento se te ocurrió un escrito con el que golpearás a un imaginario enemigo. Jamás conseguirás esa experiencia en un taller literario o bajo el ala de un esclarecido maestro Siruela (Siruela con “s” de “sobra”) por más que te cuente lo mal que lo pasó Gombrowicz con el calor de Santiago o las vicisitudes de José Saramago antes del Nobel.
Ningún escritor quiere curar, ninguno se asoma a Tribunales a ganar juicios y no hallarás uno que haga cuentas con la calculadora para saber cuánto da cinco por ocho.
¿Por qué te metes vos con las letras si no te han hecho nada?
Cambiando la cebadura. Una tarde en Ardiles.

Bienvenido otoño
Lo malo de llegar a viejo es saber que ya nunca te vas a enamorar de nuevo. Lo bueno es eso también.
Simón de Ponferrada

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