13 de enero de 2012

Escoba

Al temblor de una vez.

La vieja se dio cuenta de que al Abominable le había llegado el tiempo del apareamiento. Por ratos se mantenía silencioso, por ratos se paseaba por toda la casa y de noche se despertaba gritando, tanto, que los vecinos se quejaron. Una situación brava, porque digamé, dónde íbamos a hallar algo para él. Son más de ciento ochenta quilos de músculos, grasa, pelos blancos por todo el cuerpo y ojos oscuros.
Era el tiempo del carnaval, cuando muchos santiagueños vuelven al pago y otros aprovechan para saciar su furia amatoria, ya que esencialmente –esto lo sabe cualquiera que observe un poco- eso de tirarse bombitas y hacer trincheras con los hombres de un lado y las mujeres del otro, es un juego sensual y esquivo.
En eso nos invitaron a una fiesta de disfraces. Todo el barrio se iba a juntar en el club. Y la vieja empezó a molestar con que lo teníamos que llevar, pobrecito. Al principio nos reímos, ¿de qué lo vamos a disfrazar?, ¿de él mismo? No sé, decía la vieja, lo llevan o se arma.
Entonces lo agarramos y le explicamos qué era el carnaval, porque allá en el Himalaya parece que no celebran nada parecido. Pero, para qué disfrazarte, con llevarte así nomás suficiente. Pero él respondió que así no iba, que qué nos creíamos. Dijo que se iba a vestir del Zorro. La vieja le prestó el sombrero negro del abuelo, un antifaz, y con unas telas le armó un pantalón para que cubriera las indecencias. Y un palo de escoba que le pintamos de negro, hacía de Tornado.
Allá fuimos.
Le pagamos la entrada y después cada uno tomó por su lado. Fue la noche que me la enganché a la Ramona, esa morocha que una vez le conté que se me venía haciendo la qué. Después de la primera pieza le dije, aprovechá ahora que no soy ajeno. ¿Te has vuelto bagual?, me preguntó. No, lo que pasa es que ya no ando siguiendo la madrina, le respondí.
De todas maneras, lo vigilábamos bien, algo fácil, porque se lo veía desde todos lados, semejante mole. Al principio lo notamos descolocado, no sabía de qué se trataba el asunto. Pero después enganchó una rubita y conversaron toda la noche.
Contó que quedaron en verse. Anda entusiasmado.
Dando enter a la compu. En Juanillo.

Cortes y quebradas
Anunciaban que habría bailarines de tango, pero aparecieron unos gimnastas saltarines que hacían unas evoluciones bárbaras. El tango quedó para otra vez.
Simón de Ponferrada

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