13 de julio de 2009

Verde


A Marcela.

El cucurucho de maní salado calentito que venden en los trencitos del centro es uno de los compañeros más fieles que he tenido en el invierno, sobre todo cuando no estás en la ciudad y me siento solo y abandonado de la vida. Claro que me hace mal, me produce acidez. Y si con las otras comidas me cuido, hasta he dejado el mate, ¡mirá vos si será grave!, del maní no me atajo, me da una suerte de compulsión.

Uno de los máximos placeres de este invierno con pestes y plagas, que dentro de unos días pegará un portazo y se irá para siempre, es comer maní salado frente a la fuente de la plaza, viendo cómo se mueren de frío los angelitos amarillos, al recibir el agua helada. Y esperar que vuelvas, amor.

La gripe y el temor que despiertan sus consecuencias, han dejado vacías las calles de la ciudad. Sin ir más lejos, ayer, en la 25 de Mayo me sentí como un extra-terrestre volviendo después de mil años a una ciudad abandonada, andaba solo y mis pasos retumbaban en la vereda del frente, algo que no me había sucedido nunca. Me sentí un extraño a la vuelta de casa.

Este fin de semana, amor, voy a agarrar por mi cuenta esa cinta de negro asfalto que lleva de Santiago a tu casa, solamente para buscar tus ojos para entreverar tu sonrisa con la mía, para regar el beso que crece en el crepúsculo. Llevo tu imagen grabada en mi corazón como si fuera un verde, siempre verde algarrobal.

Esta nota la voy a dejar abandonada en algún rincón de la casa, para que el día que me muera, cuando revises la pila de papeles desordenados que he guardado durante todos estos años, la encuentres quizás amarillenta, en el fondo de un cajón, en medio de un libro, debajo de unas carpetas.

Y sepas entonces cuánto te quiero.

Encarando un laburo. En Las Juntas.

2 Opinaciones:

Anónimo dijo...

... qué cosas más lindas dejas regadas por aquí JM. A veces una no se puede quedar en silencio cuando las encuentra casualmente...

Anónimo dijo...

Tai.

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