26 de febrero de 2012

Chocolate

A Miguel Rafael. Amigo.

Entonces no lo sabíamos pero a esa hora, en otros miles de hogares santiagueños, todos los chicos clavaban su mirada en el televisor para ver las divertidas aventuras de don Diego de la Vega, que secretamente era el Zorro, un paladín de la justicia. Quizás también aprendimos algunos de los secretos y certezas de la justicia,  y de ese tiempo tal vez nos venga la errónea creencia de que el bien siempre triunfa sobre el mal, una certeza que quizás haya llevado por mal camino a algunos.
Algunos llevamos tan íntimamente ligado el sabor de las cinco de la tarde con las situaciones que se daban en la tele, que cada vez que agregamos colesterol malo a nuestro torrente sanguíneo, untando el pan francés con manteca, se nos viene a la mente algún capítulo del Zorro, el sargento García, el malvado capitán Monasterio, y el mudo Bernardo, que parecía tontón y sordo pero era más pícaro que no sé qué.
Después, pero mucho después, cuando la televisión dejó el abstracto blanco y negro para ser el mueble más importante de la casa, nos dimos con que el traje de don Diego era rosita. También nos sorprendimos porque en colores el sargento García era un tipo agradable, que sólo quería tomar unos vinos al fiado en la taberna y abandonar su soltería con alguna de las chicas hermosas que ponían en la serie para que se enamoraran del Zorro.
Pero en aquel entonces no nos interesaban demasiado los detalles, lo único que importaba era la historia y que la madre de uno no molestara demasiado recordando que había que hacer los deberes, y otras tonterías como bañarse y cambiarse la ropa.
Algún tiempo después de aquellas meriendas, la manteca fue declarada enemiga pública número uno de la salud. No importa porque cualquier día de estos, los científicos van a descubrir que en realidad es buena, como sucede con el reivindicado chocolate y con la ahora benéfica carne de cerdo.
Sospechábamos que el sargento García era un actor que se hacía pasar por militar español de los tiempos de antes. Alguien ha descubierto que tenía otro nombre, pero qué va a ser, amigos. Pudiendo optar entre llamarse Demetrio López García o Henry Calvin, ¡quien no iba a elegir ser amigo de don Diego de la Vega!
Descorchando un tinto. Barrio Ricardo Rojas, Clodomira.

25 de febrero de 2012

Maíz

A un recuerdo de Matías Llodrá.

Ese verano vimos venir el fin del mundo, sólo era cuestión de olfatear el viento norte caliente que se colaba por las habitaciones, pegaba las sábanas al cuerpo, mojaba de sudor las sábanas y hacía irrespirables las siestas, con la abuela roncando en ese dulce camisón que no volvimos a ver y los chicos jugando al chinchón en el galpón del forraje.
Nadie se animó a decir nada, todos se aferraron a ese último recuerdo como si hubieran querido estirar el momento para hacerlo eterno.
Sentados en las reposeras detrás de la caña hueca, vimos agravarse la enfermedad del abuelo. El que lo llevara a la ciudad para hacerlo curar, sabía que volvería con la noticia de que se había comenzado a morir y no había nada que hacerle.
Como qué.
Unos pocos quedamos en la casa luego del éxodo masivo tras la noticia de la irreparable enfermedad. Una tormenta de fines de febrero que en otros tiempos nos hubiera alegrado el alma, ahora, pese a su empeño, nos oprimía el corazón. Las gotas de agua pegando contra el cristal del comedor fueron los últimos estertores de los viejos buenos tiempos que llegaban a su fin.
Antes de que aquello se volviera tapera y el algarrobo negro se convirtiera en el nuevo habitante de la casa, envolvimos el viejo cuadro del bisabuelo que tapaba una caja fuerte que ahora estaba vacía y decidimos enterrarlo en un surco cualquiera del cerco de maíz para que al tiempo ni nosotros supiéramos dónde estaba sepultado su último recuerdo. Adentro quedó un mensaje acunado e inocente, destinado a algún tiempo que no llegaremos a vivir.
Siempre que me preguntan, cuento que fui el último. Una noche, que sabía que sería la última, comencé por despedirme bañándome en el viejo calicanto que tantas alegrías guardaba entre sus paredes ya desvencijadas y bajo el techo de chapas de cinc despedazadas por el óxido. Antes de soltarlo, le dije adiós al último caballo que tuve en mi vida y cerré el candado de la vieja despensa con la esperanza de abrirlo de nuevo otra vez, sabiendo que no lo haría. A la madrugada, mientras mateaba aguardando la llegada del ómnibus, observé que una araña tejía su paciente tela en un rincón lejano de la cocina.
El tiempo comenzaba a circular, implacable.
Diciéndole cositas al oído. En Vinicius.

24 de febrero de 2012

Tendencia

A Oscar Ortiz.

¿Dice que los científicos están buscando una partícula de Dios? Imposible amigo, se confundió. Porque si la hallaran, entonces faltaría menos para que desentrañen cómo es, qué cara tiene, de qué está construido, dónde vive. En una de esas es una simplificación del periodista que hizo la nota, para dar a entender mejor el concepto.. Porque, a quién se le ocurre que un científico, sabio o chorro, generoso o estafador, como dice el tango, va a ir a buscar una partícula de Dios. No son tontos, oiga.
¿Además nos podríamos enterar de que hallaron la punta de la uña del dedo gordo del pie derecho de Dios? Si así fuera, amigo querido, en poco tiempo estaríamos todos estudiando física cuántica, discutiendo fórmulas matemáticas complejas y fabricando instalaciones subterráneas secretas para alcanzar un conocimiento que sería más que la suma de todos los conocimientos juntos de todo el mundo y con eso le digo poco.
Imaginesé a los científicos diciendo: “Hemos hallado una partícula de Dios y está en esta probeta”. Y la foto del tío, de delantal blanco, rodeado de máquinas misteriosas, mostrando la botellita en que encerró la punta de la uña de Dios.
Hay un evidente abuso de las palabras. Términos que hasta hace pocos años eran insultantes, ahora figuran en el trato común de la gente. Vocablos que se reservaban para ocasiones especiales ahora son lanzados con total tranquilidad para nombrar asuntos nimios, en una tendencia que va en aumento.
Si los titulares de los diarios de cualquiera de estos días dijeran que finalmente se halló la partícula de Dios, serían inútiles todos los tratados de teología que se escribieron desde que el mundo es mundo. Dios no sería fe, esperanza, caridad, amor, solidaridad sino una partícula de algo más grande que un día de estos, cuando construyamos la máquina adecuada hemos de hallar, para encerrarlo en un frasco.
No, amigo, debe haber oído mal. Dios vive en el corazón de los hombres buenos, en el alma de las madres, en las manos de los pobres de espíritu. No crea a los que predicen milagros del hombre. El único que podía hacerlos de verdad, murió hace más de dos mil años. Y sigue vivo.
-Buenas don, demé medio litro de Dios.
-¿Ha traído envase?
-Uy, me olvidé.
-Entonces no puedo venderle.
Hablando macanas. En Cañete (Añatuya).

23 de febrero de 2012

Tango

A la Lucía.

La calabaza con leche es uno de los postres que más se deben parecer a la famosa ambrosía, néctar de los dioses del Olimpo. Los que saben dicen que la palabra quiere decir “inmortal”, pero hay quienes sostienen que significa “fragante”, pues la hacen derivar del semítico “ámbar” que en la antigüedad tenía propiedades milagrosas.
Cuando el etimologista aficionado se topa con dos significados posibles, ha de inclinarse necesariamente, por el más poético. Que en este caso corresponde al que hace derivar la palabra de “ámbar”.
El que comentamos es por lejos, uno de los manjares más exquisitos de la gastronomía santiagueña, siempre y cuando algunos pedacitos de la calabaza queden medio desboronados y la leche tenga su justa cantidad de azúcar. No olvidar la nata que necesariamente se le formará, que se debe sacar con una cuchara, para luego sortearla entre los hambrientos comensales. Este bocado digno del jefe de los dioses -il capo di tutti capi- será obviamente, para el hijo que mejor se portó. O para el que ofrezca a la madre el beso más grande de todos.
La única contra que tiene esta golosina es que no se hace en todo tiempo sino solamente en los meses del verano, cuando madura la calabaza. El más pedestre arroz con leche le gana solamente en que es posible comerlo año redondo, lo mismo que el dulce de leche o el famoso postre vigilante, mezcla fatal de dulce de batata con queso cremoso o de máquina, para mí dos porciones.
Como la mayoría de los platos criollos, no tiene gran preparación, solamente calabaza hervida en leche a la que al final se le agregará azúcar para darle su característico sabor dulce. A los entendidos les gusta sin canela ni esencia de vainilla ni ningún otro agregado, pero es posible que haya algunos lugares en los que le agreguen estos u otros aditamentos, a fin de volverlo más rico.
Después de la calabaza con leche, amigo, la vida irá para cualquier parte: a la izquierda, la derecha o el centro, usted viajará lejos o se quedará en su casa, morirá viejo o joven, bailará tango o milonga, se rapará o se dejará el pelo largo, pero no dude en decir que un mediodía cualquiera de un verano de estos conoció la felicidad hecha postre.
Sonriendo al amor que está mintiendo. En el Chujchala. 

22 de febrero de 2012

Galleta

A la Godi.

El otro día, como quién dice a la vuelta de un canal de televisión, cliqueando por la grilla sin saber qué hacer de la noche, vengo a enterarme por qué las mujeres sufren menos (si es que sufren), las penas y miserias del amor. Según lo que decían unos especialistas, las mujeres cuando dejan de querer no lo comunican inmediatamente sino que esperan un tiempo en el que aprovechan para hacer lo que los psicólogos llaman “el duelo”.
Es decir que se van despidiendo mentalmente y cree que todo va bien, que no hay drama, mientras ella de a poquito lo va dejando. Usted continúa con la rutina de besarla, decirle que la quiere, salir a ver vidrieras, llevarla a cenar, compartir noches de sana diversión, aguantar los sobrinitos. Y no sabe que hace un mes ella decidió que la relación no iba más y anda meta despedirse.
Por eso tiene un rostro frío y la cara dura como piedra el día que comienza un discursito repetido desde el tiempo de las abuelas y que empieza con un “necesito un tiempo para pensar en lo nuestro”, sigue con “te quiero, pero de una manera distinta”, trata de excusarse cuando sostiene “no sos vos, soy yo”, y parece que calmara su conciencia al mostrar su seguridad de que “ya vas a encontrar alguien que te merezca y sea mejor”.
A uno le quedan dos opciones. O se queda a averiguar qué fue lo que pasó. Pero es casi seguro de que se enterará de algo que hubiera preferido ignorar, al menos por el momento. O hace la lógica y se manda a mudar chitún boca porque sabe que cuando una mujer pone esa cara como de lástima, es mejor hacer el bolsito y marcharse sin hacer mucho lío.
Total, ya habrá tiempo para enterarse de que le colgó la galleta porque tiene otro o porque le agarró la locura después de tantas conversaciones con las amigas en las que le repetían que uno era poca cosa para ella.
Lo que más molesta no es que lo deje, sino por qué tenía que ventilar el asunto con las amigas, qué tenían que enterarse ellas de sus intimidades. Por qué no mandó un mensaje pidiendo “che, cambiá si no esto no va más”.
Por qué, decime, amor.
Engrasando los ejes. Manogasta entrando.

Asado

Al tata. A su recuerdo.

El Petiso que se aparece de noche y molesta a la gente poniéndose al lado no ha tenido tanta prensa como la Almamula o los platos voladores, pero es un bicho igual de malevo. Algunos sostienen que es una leyenda vial, porque solamente sabe brotar en los caminos, jamás ronda las casas, plazas o patios.
Antes, cuando existían los caballos, dicen que se le cruzaba al jinete de tal forma que el flete se asustaba y terminaba volteándolo. Ahora dicen que se pone al lado de los autos y los sigue a la misma velocidad y por más que aceleren, el Petiso sigue al lado, como haciendo burla. No debe confundírselo con la Luz Mala que, como su nombre lo indica es una luz, el Petiso es una oscuridad, un agujero negro en la soledad de la noche de los viajeros.
Para el lado del Salado también mentan que suele andar una mujer hermosa. Pero de los amigos pescadores que conozco, ninguno la ha visto, así que nadie puede dar fe de que existe, más allá de la imaginación de algunos muchachos que quién sabe qué habrán andado pensando.
Con el Petiso hay que tener precaución, porque anda por lugares solitarios del camino, un saladillo, un bajo, una curva. Casi siempre lo agarra descuidado, oyendo música linda en la radio. De tanto manejar se ha puesto a pensar en asuntos de antes para que se haga más corto el trayecto. De alguna manera siente su presencia al lado del vehículo, primero piensa que es un perro que se lanzó a ladrarle a toda carrera, pero luego comprueba que es como una sombra que lo acompaña como queriendo decirle algo. Es inútil que apriete el acelerador, porque lo seguirá sin descanso hasta que se cruce con un camión que viene de frente o llegue a una estación de servicio.
Capaz que ha surgido de largas conversaciones en el campamento de Vialidad, cuando el sobrestante y el técnico se han quedado solos en la tarde, las estrellas comienzan a arder y el asado chilla en la parrilla. Quien sabe si no lo inventaron de puro aburridos y lo mandaron a asustar por el mundo sólo para divertirse, mostrándole a la gente que los aparecidos existen.
Yo, por las dudas, de noche ni loco.
Buscando el burro pardo para atar la jardinera. En Cunco Melián.

Economía

A Corcho Baudano.

El quipu del que hablan los que conocen la historia de los pueblos del Perú, era la manera que tenían de comunicarse, según lo explica el Inca Garcilaso de la Vega.
Como no inventaron un alfabeto, para enviar noticias importantes, los indios usaban el ingenioso sistema de hacerle nudos a una piolita. Según los dibujos de Felipe Guamán Poma de Ayala, era un piolín principal del que colgaban otros, cada uno de un color distinto, en el que le indicaban al inca cuánto de maíz o de papa se había cosechado o -supone uno que sabe poco del asunto- cómo había salido la última expedición contra los pueblos del Tucma, que se andaban tirando de guapos.
El quipu y su idioma es una de las maravillas que se perdió con la Conquista. Seguramente los indios, que no eran tontos, se dieron cuenta de la superioridad del lápiz y el papel, ya que allí tenían cómo escribir otros asuntos. Además, al no ser un arte difícil, muchos se alfabetizaron para entrar definitivamente en los caminos de la civilización. De tal suerte que hoy no se sabe cómo se usaban esos piolines y qué significaban.
Pero el sistema quedó en el idioma. En Santiago, tierra que hablaba el quichua como lengua franca hasta hace poco, el quipu era el pañuelo con un gran nudo que usaban las viejitas como monedero. Cualquiera las ha visto en el mercado, extraer de entre sus ropas un pedazo de tela blanca, desatarlo y sacar las monedas que necesita para dar el vuelto de una gallina o comprar chala de tamales.
Las abuelas lo dejaban escondido en un florero vacío, detrás de las tazas en el aparador o en el cajón perdido de una mesa olvidada. Tiempo después de fallecidas, los nietos hallaban el quipu como si fuera un tesoro escondido que les recordaba a la viejita y a las pobres monedas con que defendía la economía familiar.
De sistema de comunicación de los incas, a más de tres mil kilómetros de Santiago, el quipu pasó a ser algo distinto: tesoro que la gente de los tiempos de antes quiere que conservemos y por eso guarda en algún rincón de la casa para que los nietos lo encuentren.
¿Ha visto, don?, la etimología a veces explica lo que el corazón siente.
Cortando ataco para los terneros. Cerco de la Finada Rosa.

21 de febrero de 2012

Bicentenario

A Adela Chávez, amiga.

Mi profesión secreta es remisero; me encantaría andar todo el día en auto dando vueltas por la ciudad, oyendo las conversaciones de los pasajeros, viviendo algunas de las aventuras que todos los días les suceden. Dicen que al principio hay que conducir con cuidado porque no se tiene la vista entrenada para detectar al pasajero que hará lío a la hora de pagar. Y conocer más o menos las calles, para no perderse en el insoluble Autonomía o alguno de esos nuevos barrios que quedan para el sur y ya llegaron al Puestito de San Antonio, último límite que la imaginación suponía que podría alcanzar esta casi cinco veces centenaria ciudad.
Siempre me pregunto de qué conversan los choferes al mediodía cuando se juntan a comer un sánguche de milanesa a la vuelta de casa. O dónde se meten cuando llueve, cuando más se los llama y no aparecen. O cómo hacen para darse cuenta de que no se los necesita, para pasar en bandada y justo cuando uno quiere tomarlos, esfumarse como por arte de magia.
Aprovecharía para conversar con los pasajeros. ¿De dónde es doña?, ¿está en Santiago de paseo o por trabajo?, ¿le gusta la ciudad?, ¿ya ha visitado el Centro del Bicentenario?, no se lo pierda, está bueno. Iría tomando el pulso a Santiago desde un lugar ideal para conocer lo que la gente quiere, lo que busca y no halla, los sueños de las viejitas que pagan con las últimas monedas del humilde quipu para volver a la casa desde el mercado porque no les daban más los brazos de acarrear semejantes bolsas con verdura.
Ya sé, no diga que es un oficio ingrato, que trabajar veinte horas seguidas no es para todos, que al final es aburrido andar el santo día por las mismas calles, mirando alerta para todos lados porque de cualquier lugar puede salir un pasajero, que duele todo el cuerpo luego de estar sentado tanto tiempo detrás del volante, que no todos los días hay plata en la calle.
Pero ser rey también tiene sus problemas, lo mismo que trabajar de malabarista, conductor de helicópteros, panadero, estatua viviente. Cada trabajo tiene sus cosas.
No ha de ser el menor inconveniente que un día me hagas señas, chiquita, y estés con el otro. Burla del destino.
Cruzando de vereda. En la Isaac Wofcy (Añatuya).

20 de febrero de 2012

Anécdotas

A la María Julia.

El tío Chono recordaba su candidatura. Cada vez que comenzaba a contar, los sobrinos sabíamos que ya había hecho pasar un vasito o dos de más de vino tinto por el tragadero. Decía que tuvo que salir por el barrio a prometer lo que haría en caso de llegar, eso que no tenía la más mínima idea de qué se trataba ser síndico suplente del club.
Si las mujeres andaban lejos, narraba que una gorda lo había invitado a pasar a su casa para que le explique cómo era su proyecto de instalar un gimnasio en el club y cómo ella lo avanzó. Cuando se acordaba más o menos, relataba que había salido de esa casa corrido por la mujer, pero si no recordaba lo que había contado la última vez, entonces todo terminaba con él como dueño de casa y el marido llegando a último momento Y el escape para no ser descubierto. Yo se lo cuento así nomás, para qué voy a intentar detallarle con las mismas palabras y ademanes que el tío Chono, si no voy a poder. Pero él e muy gracioso.
Cuando hacen un asado en casa pedimos que lo inviten. Si no está, la celebración no tiene gracia. Siempre lo esperamos en los velorios, ahí saca a relucir la batería de chistes que tiene y que lo han hecho famoso en todo el barrio, en barrios vecinos y en el centro también. Después de los saludos compungidos y el pésame a los deudos, en cuanto se topa con un rincón tranquilo y más o menos lejano del lugar en que lo velan al finado, el tío Chono empieza de a poco y como regulando, una fiesta aparte de la celebración principal, que en este caso es el finado.
En el cumpleaños del abuelo le cronometramos ocho horas de hablar macanas de sucedidos y anécdotas y mentiras de toda clase. Para el sobrinaje, obvio, porque la parentela seria se reúne en otra parte, lejos, según mi madre porque lo vienen oyendo desde que eran chicos y ya no lo aguantan.
Pero, ¿le conté que una vez fue candidato? A síndico suplente, sí. Algo es algo, peor es nada, decía. Pero las risotadas siempre llegaban cuando recordaba que perdieron esa elección a cero. Cómo sería la confianza que se tenían.
Encendiendo la hornalla. En Shispi.

19 de febrero de 2012

Catrera

Para Agustina.

Un día decidiste volver. Agarraste el 15 que llega hasta Tala Pozo, justo en la parada al frente de la escuela del Ejército Argentino. Ya había sido mucho exilio de tu vida, de tus amigos, de tu casa y tu mate propio, ese que cebas con los ojos cerrados y al que le conoces la temperatura y el gusto de sólo verlo. El barrio te esperaba inmóvil junto a la Yrigoyen, la placita con su platabanda y los edificios del fondo. Mientras tonteabas por ahí haciéndote el no sé qué de aquella mujer que al final resultó ser una malvada, había llegado el tiempo del otoño y las nieves del tiempo plateaban tu sien, como dice el tango.
No era tan fácil como creías. Suponías que el regreso sería fácil, pan comido. Pero no conocías a nadie, algunos vecinos de aquel tiempo quedaban, otros se habían ido, la mayoría estaban más viejos o andaban en otras historias, nada que ver con lo tuyo. Alguno hasta te llegó a preguntar por qué decías que habías vuelto si nunca nadie supo de tu ausencia. Una situación de terror, volvías a un lugar y era como si un fantasma hubiera andado desparramando tu estampa en el diario trajín de una vida sin alma que habías tenido durante ese tiempo ausente.
Fue entonces cuando te diste cuenta de que su amor había sido una falacia, una apariencia de cariño que nada tenía que ver con un sentimiento verdadero. Y aunque este cuento ya tenga un aroma irremediable a tango hay que decir también que la tuya fue una historia como tantas, fatal, fue una historia de los dos.
Por eso un buen día tomaste el 15, a la orilla de la Belgrano sur para regresar definitivamente de sus ojos. Ella te había llevado siempre la ventaja infinita de saber que la pata de la mesa que faltaba la pondrías siempre vos, porque eras el más interesado en conservar un lugar junto a su alma.
Ahora que todo ha muerto sientes nostalgia de aquel tiempo. Mientras, en la radio pasan un tango rante, que oíste muchas veces y ahora cobra otra medida: “¡Qué lindo es estar metido, // tiradito en la catrera // y ver que se va acabando // aquel cachito de vela!”
Nunca es tarde para recuerdos.
Apagando el celular. En la París y Buenos Aires.

18 de febrero de 2012

Mujeres

A Jean Paul Canceco.

Primero debes prometerle que cuando mueras le darás tu alma. Embromado, che. Porque te quedan unos cuantos años de vida en los que seguramente tendrás fama, dinero y diversión que es lo que más importa a muchos, pero después, cuando crepes, habrá tormentos sin fin.
Hay que evaluar bien el asunto. Algunos dicen que no existe otro mundo, que cuando se mueran se van a morir nomás, como las hormigas y entonces no vale la pena andar con pruritos, total, vida hay una sola. Otros sostienen que sí hay un Paraíso para los que pecan y se arrepienten, un Infierno para los que hacen el mal y persisten y un Purgatorio para los que anduvieron mitad y mitad.
Usted, como la mayoría, capaz que está en el medio de todas las creencias. Es decir, hay una sola vida y debe vivirla lo mejor posible; hay un castigo para los malos, pero ha ido acomodando su religión para que se parezca más a sus pecados que a lo que debiera ser.
Tampoco hay que ser fundamentalista, ¿no?
Porque si el Malo se presentara en tu casa con una tarjeta de invitación para ir a una Salamanca, te darías cuenta de que hay Cielo. ya que pensarías “si existe el Diablo tiene que haber un Paraíso”. Y le dirías que muchas gracias, pero no. Pero mirá si pone todos los reinos del mundo a tu disposición, todo el oro, todas las mujeres que siempre deseaste sabiendo que nunca serían tuyas. ¿Renunciarías?
Claro, decir, se dice fácil, porque no lo has vivido. A Nuestro Señor lo tuvo cuarenta días en la cima de la montaña, meta calentarle el oído y mostrarle lo que se perdía, pero para salvarnos no le aflojó. Eso que ya sabía lo que le sucedería en caso de no aceptarle. ¿Vos podrías hacer lo mismo?
Dicen que es un hoyo en el suelo, como la entrada de una vizcachera y que abajo todos los diablos y los duendes te hacen un virtuoso de lo que sea. Más bien debe ser que llevas una Salamanca escondida, un agujero infecto, en el fondo del corazón, que no te permite que dejes entrar a un Dios bueno que muchas veces toma la forma del prójimo necesitado.
Rezá, amigo, hacé el bien. Lo demás es puro cuento.
Rasqueteando el mular. En Villa Brana.

17 de febrero de 2012

Esperanzas

Es cuento, obvio.

Hace veinte años que ha vuelto de una breve estadía en España, pero sigue teniendo pegados a su vocabulario, términos que se usan allá pero que aquí son desconocidos o poco usados. Lo hace quizás con la esperanza del regreso, porque nunca deja de hablar de todas las ventajas que tienen quienes viven en la Madre patria.
No dice hongos sino setas, no es mesada de la cocina sino encimera, a la heladera le dice nevera, los porotos negros son alubias tintas y las papas son patatas, y por decirles así  muchas veces tuvo problemas en la verdulería porque le dan batatas que, dicho sea de paso, allá son boniatos.
Como ha vivido allá, para él la nieve no es un fenómeno que se ha visto una vez en la vida como algo raro sino una presencia constante del invierno. La vez que nevó en los Cerrillos, que muchos santiagueños fueron a ver, el dijo simplemente “Pues, no saben de la que se libran, ¡joder!”.
Ahora cada vez mira menos televisión española, que era la que le permitía seguir teniendo el cantito, la tonada y los modismos españoles, por lo que, de a poco se le fueron yendo esas palabras. De todas maneras, de vez en cuando aparece más galaico que nunca. Creemos que algún amor habrá dejado para tener tanta nostalgia de ese pago.
Al principio, cuando volvió, saltaba de esta altura cada vez que alguien se admiraba porque hablaba como gallego. “Hablo como asturiano”, decía. Y aclaraba después que “como los gallegos hablan solamente los que viven en Galicia”. Pero nunca faltaba el que le decía: “Está bien gallego”, viejo chiste que se viene repitiendo en la Argentina desde la gran inmigración.
Cuando llegó la crisis que lamentablemente azota a nuestros hermanos del otro lado del charco, se le pasó un poco el entusiasmo y sostiene ya no quiere volver. Alguno comentó que la empresa para la que trabajó en Asturias, estaba fundida. Los vientos que azotan el euro se llevaron sus últimas esperanzas del regreso definitivo.
Por eso con los amigos estamos pensando en hacer una vaquita para mandar un experto en crisis económicas, a ver si arregla el drama y el amigo regresa al fin a su nueva patria. Esa que le llena los ojos de agüita cuando recuerda.
Observando el frontispicio. Frente al Independencia.

16 de febrero de 2012

Puño

A JSK. Amigo.

Hay días en que tengo temas como para estar tres horas hablando de un asunto, mostrándolo desde todos los puntos de vista, argumentando por qué me gusta una cosa o no me gusta otra, quién tenía razón y por qué y quién no y en qué estaban equivocados los otros.
Algunas veces es como si hubiera estudiado un tema, no sé por qué, pero me acuerdo de lo que leí en un artículo o en un libro del secundario o tengo presente lo que vi en la televisión y junto eso y me armo un discursito bastante bueno para defender a uno o para criticar a los demás. Es como si la cabeza me anduviera a mil por hora y todas las neuronas se conectaran de manera correcta para dar imaginarias cátedras sobre trescientos mil asuntos celestiales o profanos.
Ocasiones me topo con amigos que me energizan la potencia del cerebro, el cerebelo y el bulbo raquídeo y todas sus derivaciones, cruces, curvas y contracurvas y ante cada razón que dan ellos en la conversación, se me ocurren cuatro o cinco argumentaciones para desestimar lo que dicen. Nada es eso, no tengo el drama de que se me olvide un nombre o se me trabe la lengua al decir una palabra difícil. Hasta se me ha dado muy bien la triquiñuela de sembrar minas en el camino del discurso de los amigos y, en un momento dado activarlas a todas, dejando en ridículo lo que venían diciendo como si fuera un moderno Sócrates, que gracias a que su alumno Platón era el que escribía los libros, siempre lo dejaba bien parado y triunfante sus ideas sobre las de los demás.
Se me da por épocas, salgo a la calle ocultamente preparado para chantarle en la cara a quien se me cruce, las cuatro o cinco verdades que llevo en un puño y estoy preparado para defenderlas a como dé lugar, sin que me importe que del otro lado traigan los lenguaraces más hábiles que encuentren a fin de que me enfrenten. No les temo. Incluso llego a discutir por el gusto de discutir, sin tener razón, solamente para ver cómo destruyo los sólidos castillos intelectuales que se formaron del otro lado.
Pero, ¿saben qué?
Últimamente no me sucede eso sino más bien al revés.
Empanando milanesas. Cerca del Cristo.  

Despertador

A vos, Roji.

Lo mejor era salir a pasear con ella a la salida de misa de ocho de la Catedral y caminar del brazo por la plaza mirando a la otra gente, saludando aquí, saludando allá, haciéndose ver con las amigas de la madre de ella y que tus amigos te envidiaran desde el alma.
Después, si tenías conque, invitarla a tomar algo a la confitería. Una gaseosa para ella y un café para vos. Y fumar cigarrillos negros parecer un hombre, quizás todo un padre de familia, con la gomina haciéndote brillar el pelo y tu trajecito azul, brillante por el uso.
Ella a veces se ponía una falda con florcitas. Vos hacías aros con el humo, una habilidad que mostraba al mundo que no eras un fumador reciente sino que tu hombría venía de hace mucho. A veces y solamente por tirarte de qué, le sacabas el filtro al cigarrillo, decías que querías sentir la vida haciéndote pedazos el pecho.
Más tarde la llevarías tomada del brazo hasta su casa, caminando despacito por las calles desiertas del domingo a la noche, deteniéndose en cada sombra del trayecto a besarse y sentir su perfume de hembra joven para recordarla toda la semana.
Sólo a veces los padres la dejaban salir los sábados a la noche, diciendo a dónde irían, con quién y poniendo una hora de vuelta que debía ser acatada a rajatabla. La vez que se demoraron quince minutos por esperar a una vecina, el viejo le lanzó el despertador cuando ella pasaba por el patio rumbo a su habitación creyendo que había zafado del castigo. Diga que no acertó, que si no.
Creías que ese tiempo no cambiaría. Nada iba a alterar la paz provinciana, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Vos le avisaste que Dios la había creado solamente para vos y que tus ojos solamente la verían a ella durante toda la vida hasta que fueran viejitos y siguieran yendo a misa de ocho tomados de la mano, como sus padres, los tuyos y los padres de los padres y los abuelos también.
Pero, las vueltas de la vida, quién hubiera dicho que el mundo cambiaría tanto y vos aquí y ella allá. Tal vez olvidada de un tiempo destinado a ser eterno. Y no, ¿no?
Siguiendo una huella. Estatua del Kakuy (parque Aguirre).

15 de febrero de 2012

Mente

A Ibáñez, de Multas.

A cualquier hora de la mañana el Gordo Tumini decía: “¡Corriéndose todos para atrás!”, y la oficina reventaba en una carcajada que, suponíamos, se oiría hasta Mesa de Entradas. Era una broma repetida que le hacíamos a Mauricio, que una vez contó por qué tenía terror de viajar en colectivo.
A veces llegaba hasta la oficina alguien que nos mandaban de atención al público. No sé por qué, todos nos callábamos y se terminaban la camaradería y los chistes, escondíamos el mate y nadie se levantaba de su lugar hasta que se iba..
La más linda era la Elisa.  La deseábamos, ella lo sabía y le encantaba a la muy guacha. Pero cada vez que le tiraban los perros se hacía la tonta, como la vez que Gómez se volvió cargoso y entonces ella le empezó a responder en voz bien alta, para ponerlo en evidencia. “¿Cómo, dice?, ¿Que quiere que salgamos?, ¿de dónde vamos a salir?” El otro trababa de calmarla: “¡Ssshhh!, ¡ssshhh!”. Pero ella estaba embalada. “Epero que no me esté diciendo lo que supongo que me dice, porque no lo creo una persona atrevida”.
Al tiempito a Gómez lo pasaron a Contaduría y después pidió traslado para la oficina de la Sáenz Peña y no lo vimos más.
La Elisa estaba buena, es decir, tenía lindo cuerpo, un rostro muy agradable y era simpátiquísima. De todas las mujeres que trabajaban en la oficina, entre cincuentonas a punto de jubilarse, ella con sus treinta y pico brillaba con luz propia.
Hasta que el Gordo Tumini nos avivó. Una vez que estábamos en la cocina, tiró la bomba. “No es gran cosa”, dijo. ¡Nooo! ¿Cómo podía ser? Todos sabíamos que era un camión. “Sí”, siguió el Gordo “no hay otra más linda”, hizo una corta pausa y aclaró “en la oficina”. El otro día la había visto en la calle a las siete de la tarde cuando salen las chicas lindas a ver vidrieras. “Era una más, loco. ¡Una más!, ¿entienden? Bien vista no es gran cosa”.
Fue como si a los muchachos se les abriera la mente, se liberaron de tener que desearla. Total, tomaron nota de que estaba más o menos.
Puede ser, digo. Pero hasta el día que me trasladaron a Compras, cada vez que la miraba, soñaba y soñaba.
Levantando pesas. En Aleiv.

Mitos

A Reynaldo Aragón.

Todos vienen de la Isla de Aragones, un pueblo que muchos de los que llevan este apellido ni se han molestado en conocer aunque más no fuera por curiosidad. Es un lugar parecido a muchos otros de Santiago, con la diferencia de que, como su nombre lo indica, hay más personas con ese apellido que cristianos.
Al parecer de ahí salió una rama importante, de unos que se fueron a Monteros, en Tucumán; algunos se quedaron en la provincia de los ñañitas y otros se fueron a Catamarca, donde también hay gente de este apellido que es parienta. De los catamarqueños -o quizás del lado de los monterizos- se desprende una rama que se vino a Santiago, para el lado de Colonia Dora y Añatuya. Y de ahí algunos se marcharon a Tintina. Bueno, esos también son familia.
Quien se tome el trabajo de leer la guía de teléfonos del Chaco, verá que por ese lado hay algunos, al parecer un desprendimiento de los de Añatuya. Y también los hallará en San Pedro de Jujuy. A Salta hace poco arribó Daniel Aragón, que es de Tintina pero vivía en el barrio Ejército Argentino de Santiago. Dicen que le gusta mucho, que está trabajando bien y la última vez que vino a Santiago tenía una sonrisa de oreja a oreja, así que capaz que se quede en esos hermosos pagos formando otra, sub-rama de la gran tribu.
También están los de Buenos Aires. Esos también son parientes, pero más lejanos. Parece que uno se fue a estudiar y dicen que allá lo agarró la Revolución de 1810 y ya no volvió más. Pero quizás fuera que el hombre se enamoró de alguna porteña que no lo dejó regresar, quién sabe.
Y quedan los de la Isla de Aragones, que se quedaron cuidando el nido del que salieron los demás a correr mundos. No hay que descartar que algunos se fueran a vivir a otros países e incluso puede ser que haya quienes se marcharan a España, de donde vino Juan Torres de Vera y Aragón, el primero de los que llegaron al pago.
Desde el año pasado se andan queriendo juntar, más que nada por curiosidad, para ver si son parecidos o las locuras que les agarran son mitos y leyendas sin comprobación ni evidencias.
Rezando el Rosario. En Sumampa.

14 de febrero de 2012

Vestido

A la Chunchi.

Estaban en la parte del amor en que él no ha manifestado sus intenciones. ¿Ha visto cuando una chica no le gusta el tipo y no hay caso, por más que el otro insista, llore y patalee? Bueno.
Cauteloso, el chango iba despacito. Una vez la invitaba a tomar un café, dejaba pasar unos días y la hablaba por teléfono buscándole alguna confesión para tener la oportunidad de darle un consejo o consolarla. El fin de semana siguiente salían a cenar. Y así, a trancas y barrancas, la relación seguía su curso. Por el momento él no se ponía denso y ella pensaba que era sólo amistad.
Ignoraba que un hombre y una mujer son algo o ex algo o van camino de ser o de no ser definitivamente. ¿Amigos? Jamás.
Un día él le dio un aviso de que iba en serio: la tomó de la mano para cruzar una calle por la que venían muchos autos y después se la mantuvo agarrada un rato. Uy, pensó ella. Y lo soltó. Otro día, al verla llegar él no le dijo que estaba linda ni que le quedaba bien el vestido sino algo así como “algún día, cuando seas mía”. Y suspiró profundamente, para que ella tomara nota. Cosas por el estilo.
Y un sábado a la noche la llevó a un bar oscuro, a la orilla del río. Ella pensó: “Sonamos”. Pero ya era tarde para decirle que se sentía mal y quería volver. Las cosas habían llegado muy lejos y ella había ignorado las señales que él le había ido dejando en el camino. Si le decía que no, iba a parecer una guarangada, un insulto. Y no hay otra forma de decir que no, que pronunciando esa fatídica palabra, es inútil buscarle rodeos al asunto.
El tomó coraje, se dijo que era esa noche o jamás. Ardía de ganas de besarla. El primer intento fracasó porque justo ella estaba tomando algo. Al segundo asalto ella le dijo: “¿Qué te pasa?” Y la tercera vez lo rechazó con un: “Pará un poco, sólo somos amigos”.
Lo demás, la declaración forzada y la negativa obligada es una historia que los hombres hemos conocido al menos una ocasión en la vida. Para qué abusar con los detalles.
La pileta vacía no es un mito.
Atando el burro. En Los Morales.

Fila

A la Nancy.

Queda simpático que cuando le preguntan a un artista extranjero qué le ha parecido la Argentina, diga que sus mujeres son las más hermosas del mundo o las que mejor se visten. Quizás sea cierto, pero duele que el tío no diga que ha visto un progreso muy grande, que Buenos Aires le pareció una capital muy simpática, que conversó con la gente y le pareció amable, que ha visto que la higiene es un valor muy tenido en cuenta en las calles. Si no son las mujeres, recurren al cliché de alabar la carne.
Usted, amigo, que es inteligente, sabrá separar a los artistas que alaban las mujeres, de los otros, que se interesan por lo que es la Argentina realmente y en vez de responder preguntas tontuelas de los periodistas, se dedican ellos a preguntar el por qué de esto, el por qué de lo de más allá.
Sabido es que la primera impresión es engañosa, sobre todo la de los artistas, porque suelen llegar contratados por gente de dinero que, obviamente, no los llevará a comer un choripán en la Costanera o a ver el trabajo de los cartoneros. Muchos además, tienen como principal público a las mujeres que asisten a sus espectáculos, entonces las halagan sobremanera, así hayan venido acompañados de un harén de chicas hermosas o de la esposa y la suegra. Qué otras les queda, digamé.
Es antipático decirlo, pero en realidad no importa tanto si son hermosas o no son hermosas las argentinas o las santiagueñas sino lo que llevan adentro, es decir, lo más interesante es saber de qué tienen hecho el corazón, cómo cuidan y se dejan cuidar por sus hombres y si son inteligentes o solamente se fijan en lo que está en la superficie. Eso no se descubre saliendo a caminar por Florida rodeado de guardaespaldas o mirando las chicas de la primera fila del teatro.
Por eso, amigos, tengamos mucho cuidado con esos artistas que vienen de afuera y alaban la belleza de las mujeres pues lo hacen interesadamente, ya que muchos están solteros y quieren ganárselas para que luego la conquista les resulte más fácil.
¿Usted pregunta qué me parecen a mí las argentinas o las santiagueñas? No sé. Yo tengo una sola mujer y a su sólo amor me atengo.
Peleando en el barro. Antajé entrando.

13 de febrero de 2012

Pehuajó

A un recuerdo suncheño.

El amigo Toti Juan sabe de un proyecto viejo que tengo: Comprar un auto aguantador es la primera parte, no una camioneta lujosa ni esas que están de moda, sino un auto común y corriente, que aguante un largo viaje, nada más. Después, un día cualquiera, cargar mis dos mujeres y enfilar para el lado de Catamarca, rumbo a la mágica ruta 40, que corre paralela a la cordillera. Y darle por ahí.
Me gusta un pueblito, voy y me quedo. Conozco algo interesante, me sigo quedando. Me aburro, me voy. Y sigo. Toti dice que hay que andar 300 kilómetros por día.
Le respondo que haría otra cosa. Si el próximo pueblito me llama la atención, me quedo ahí aunque esté a 10 kilómetros del anterior, qué me importa, porque -en ese hipotético viaje- más que plata debería tener tiempo. No pretendo hoteles cinco estrellas ni cuatro ni tres, con pensiones decentes me conformo y comer las sorpresas que vayan surgiendo.
Después de llegar a Mendoza agarraría para el lado de San Luis. Me detendré algunos días a admirar los desiertos de la provincia de La Pampa, esos campos inmensos, espinillo, caldén y retama, que miles de horizontes juntos.
Siempre le cuento a Toti que habría dejado para el final del viaje la bella provincia de Buenos Aires, esa que empieza mucho más aquí de la General Paz y tiene nombres tan hermosos como San Andrés de Giles, Campana, Luján, Quequén. San Antonio de Areco no, porque el viaje que tengo pensado no es para andar chocando con el turistaje porteño que habla rapidito y todo pregunta cuánto vale. Sí me gustaría visitar Tandil, Azul, Junín, Olavarría, Tapalqué, Suipacha, Pehuajó, Mercedes, Navarro, Monte Hermoso.
Al final quizás nos quedemos uno o dos días en lo que alguna vez fue la Capital Federal de todos los argentinos y ahora es sólo de los porteños. Andaríamos en subterráneo, conoceríamos el edificio del Cabildo, nos tomaríamos una foto con las palomas de la Plaza de Mayo, recorreríamos el zoológico y el botánico, les haría mirar vidrieras por la avenida Santa Fe y experimentaríamos caminar por Florida y toparnos con un santiagueño, algo que nunca falla.
Y al final, volver a Santiago, despacito, por la 9. Capaz que en Córdoba también nos quedemos, pero ya iremos viendo.
Preparando tiramisú. En el club Casasbaratas.

12 de febrero de 2012

Plaza

A Octavio Pérez.

Me alegro de no ser mujer por el asunto de las uñas, dice Miguelito, que siempre trae temas raros de conversación. ¿Cómo es eso? Claro, las que se pintan las uñas gastan un dineral en pinturas, en ver revistas para saber qué colores se usan, en quitaesmalte, en manicura. ¿Y las que no se pintan? Viven amargadas porque son dactilógrafas y no pueden tener uñas largas, responde uno.
A mí no me gustaría ser mujer porque me daría no sé qué que me tocara un hombre, dice Agustín. Claro, porque sos hombre. El caso es que si fueras mujer sí querrías. ¿Entonces? Que el tema es por qué no te gustaría ser mujer, pero siendo mujer, no sé si captas.
Y en las uñas entra el asunto del peinado, la pintura de ojos, el rubor, el rouge, todo eso, dice Miguelito, que nos quiere embalar en otra discusión que sólo él sabe armar de vez en cuando, sólo para divertirse un rato.
Los hijos, lanza el Sapo. ¿Qué pasa con los hijos? Que las mujeres tienen que estar todo el día detrás de ellos desde que nacen hasta que se casan. Hasta que aprenden a caminar es toda una historia. Y después la siguen hasta que se hacen grandes. Nosotros tomamos café, salimos a trabajar, volvemos, vamos a un asado o a la cancha y nos olvidamos, ellas no se olvidan jamás de los hijos. Por eso no me gustaría ser mujer, aclara.
Esa es buena, señala Miguelito. Está buena. ¿Y vos?, le pregunta a Ernesto, que viene poco a juntarse con nosotros. Las medias, responde. Ah, ya sé, las medias que se rompen y que además son caras. Tienes razón, una vez mi mujer me hizo volver de un casamiento porque se le había corrido un punto de la maldita media. ¿Has visto?, acota Ernesto, mientras sigue fumando, perdido en su mundo.
Pero la idea de discutir por qué no nos gustaría ser mujer no prende, no es tema que le interese mucho a la banda de misóginos que todos los días se junta a ver cómo pasa la vida desde la Independencia. Miguelito se queda callado, con la mirada perdida hacia la plaza. Alguno comenta: Mañana se le va a ocurrir otra cosa, siempre quiere meter cizaña, Miguelito, hoy le ha fallado.
Pelando naranjas. En Colón y Antenor Álvarez.