A Miguel Rafael. Amigo.
Entonces no lo sabíamos pero a esa hora, en otros miles de hogares santiagueños, todos los chicos clavaban su mirada en el televisor para ver las divertidas aventuras de don Diego de la Vega, que secretamente era el Zorro, un paladín de la justicia. Quizás también aprendimos algunos de los secretos y certezas de la justicia, y de ese tiempo tal vez nos venga la errónea creencia de que el bien siempre triunfa sobre el mal, una certeza que quizás haya llevado por mal camino a algunos.
Algunos llevamos tan íntimamente ligado el sabor de las cinco de la tarde con las situaciones que se daban en la tele, que cada vez que agregamos colesterol malo a nuestro torrente sanguíneo, untando el pan francés con manteca, se nos viene a la mente algún capítulo del Zorro, el sargento García, el malvado capitán Monasterio, y el mudo Bernardo, que parecía tontón y sordo pero era más pícaro que no sé qué.
Después, pero mucho después, cuando la televisión dejó el abstracto blanco y negro para ser el mueble más importante de la casa, nos dimos con que el traje de don Diego era rosita. También nos sorprendimos porque en colores el sargento García era un tipo agradable, que sólo quería tomar unos vinos al fiado en la taberna y abandonar su soltería con alguna de las chicas hermosas que ponían en la serie para que se enamoraran del Zorro.
Pero en aquel entonces no nos interesaban demasiado los detalles, lo único que importaba era la historia y que la madre de uno no molestara demasiado recordando que había que hacer los deberes, y otras tonterías como bañarse y cambiarse la ropa.
Algún tiempo después de aquellas meriendas, la manteca fue declarada enemiga pública número uno de la salud. No importa porque cualquier día de estos, los científicos van a descubrir que en realidad es buena, como sucede con el reivindicado chocolate y con la ahora benéfica carne de cerdo.
Sospechábamos que el sargento García era un actor que se hacía pasar por militar español de los tiempos de antes. Alguien ha descubierto que tenía otro nombre, pero qué va a ser, amigos. Pudiendo optar entre llamarse Demetrio López García o Henry Calvin, ¡quien no iba a elegir ser amigo de don Diego de la Vega!
Descorchando un tinto. Barrio Ricardo Rojas, Clodomira.
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